Definitivamente hoy había sido un buen día, con este pensamiento entré por la puerta de mi casa. Me dirigí hacia mi habitación, andando con tranquilidad, sin llegar a imaginarme lo que en ella me iba a encontrar.
Abrí la puerta y allí te encontrabas tú, sentada encima de mi escritorio, sonriéndome y mirándome de manera juguetona. Abrí la boca para decir algo pero me mandaste callar con un gesto.
Te pusiste de pie y me mandaste que me sentase en la cama. Yo no pude más que obedecer deseando ver en que acababa todo esto. Te acercaste lentamente y me susurraste al oído que esta noche te encargabas de todo, que tan solo disfrutase.
Te sentaste en mi regazo y lentamente comenzaste a besarme los labios primeramente con suavidad y dulzura, disfrutando de cada instante que pasaba, y a continuación con pasión, mordiéndome un labio, haciendo que sangrase, lo que incrementó aun más la sensación de placer que empezaba a recorrerme todo el cuerpo.
Comenzaste a bajar por mi barbilla y mi cuello, recreándote en cada centímetro cuadrado de mi piel. Cuando parecía que ibas a seguir hacia abajo me dijiste con una voz pícara que lo continuáramos en la ducha.
Una vez en el baño nos comenzamos a desnudar y nos metimos bajo el agua tibia, tal y como a mí me gustaba. Allí bajo las gotas que se escurrían entre nuestros cuerpos comencé a abrazarte y tú continuaste besándome solo que esta vez no te detuviste en el cuello sino que bajaste hasta el pecho, hasta los abdominales y continuaste bajando y bajando…
De repente un escalofrío me recorrió todo el cuerpo y me despertó. Entonces caí en la cuenta de que todo no había sido más que un precioso sueño que jamás se iba a cumplir…